Raíz que no desaparece es una novela que une memoria, duelo y una denuncia colectiva en una prosa que late con la urgencia de lo real. En un paisaje urbano que se guarda entre sombras y testimonios, una madre llamada Ada corre contra el reloj para encontrar a su hijo, mientras una escritora intenta convertir el dolor en palabra pública y denunciar lo que no debe quedar en silencio. A la vez, Marcos, cuando era niño, dejaba cartas para su madre que resuenan en sus sueños, recordándonos que la esperanza puede estar suspendida entre la vigilia y el sueño y que la memoria es un oficio que no admite pestañeos.La historia despliega una imagen central que funciona como símbolo y motor: un árbol. En el corazón de la ciudad, la palmera fue talada y, en su lugar, plantaron un ahuehuete que muere por causas misteriosas. Ese árbol se vuelve, para la narración, un archivo vivo. Los sueños y las coordenadas que emergen de ellos señalan lugares y rutas que las autoridades parecen querer enterrar, pero que la novela rescata una y otra vez. Los árboles —troncos, hojas, ramas— se transforman en traductores de una memoria que no quiere quedarse muda: testigos de la violencia, de las desapariciones y de la búsqueda implacable de quienes permanecen ausentes. ¿Y si lo que ha sido silenciado hablara a través de la madera?Alma Delia Murillo abre una ventana al dolor compartido sin perder la dignidad y la esperanza. La novela, con indignación y dolor, también despliega un tono de amor, de lucidez y de humor vital que empuja a seguir leyendo. No se trata solo de una crónica de desapariciones: es una exploración profunda de la memoria, de las huellas que quedan en cuerpos y calles, y de la capacidad de la comunidad para organizarse, construir relatos y sostenerse frente a la violencia. La autora da voz a las madres buscadoras y a las vidas que se entrelazan con el paisaje de la ciudad, revelando cómo cada historia personal desemboca en una memoria colectiva que quiere estar presente, que quiere traducirse en acción y en cambios.La textura narrativa alterna lo íntimo y lo público, lo particular de una experiencia de búsqueda con lo que sucede en la ciudad cuando la desaparición deja cicatrices en la vida diaria. En la voz de Murillo, cada madre se convierte en una memoria compartida; cada sueño, en una pista; cada estación del paisaje, en un recordatorio de que lo perdido no ha muerto del todo, sino que espera ser escuchado. Raíz que no desaparece propone, entonces, una lectura necesaria para comprender una época marcada por la violencia, la resiliencia y la insistencia de la verdad. Es una invitación a mirar de frente lo que ocurre, a reconocer la dignidad de quienes buscan y a creer en la palabra como herramienta para construir memoria, justicia y esperanza.