Conozco mi nombre, pero no soy plenamente reconocida. Me llaman seductora, aunque siempre fui prisionera del amor. Dicen que mis habilidades provienen de hechicería, cuando en realidad nacieron de los dioses. Hablan de mi sed de sangre, pero mi verdadera función fue proteger a mis hijos. ¿Qué tanto se resiste a aceptar que una mujer puede ejercer poder, planificar, gobernar con la influencia divina? Esta historia no busca silenciarme mediante la muerte. No es el relato de mi final, sino la crónica de mi vida.